André Kertész en la Fundación Carlos de Amberes

19 febrero, 2011 § 1 comentario

Hace unos días se inauguró una interesantísima exposición de André Kertész (Budapest, 1894 – Nueva York, 1985), referente universal de la fotografía, en la Fundación Carlos de Amberes (Claudio Coello, 99. Madrid), con motivo de la Presidencia Húngara en la Unión Europea. La colección reúne 100 obras del artista que se reparten entre sus cuatro escenarios principales: su vida en Hungría hasta los 31 años, su etapa en Francia, la época en Estados Unidos y la fase internacional, en la que viajó por diferentes países.

Su obra es tan interesante que de ella han bebido innumerables artistas, como Cartier-Bresson, y su influencia es aún hoy muy visible en la obra de muchos creadores.

La vida de Kertész parece de novela. Sus primeros años, en Hungría, están marcados por su lucha entre lo que debía (trabajar en la bolsa) y quería  ser (fotógrafo). De familia judía y huérfano a una edad temprana, es su hermano mayor el que le costea los estudios de comercio, una profesión que no le gustaba y de la que trataba de huir, aunque le resultó complicado pues la fotografía aún no le daba para comer. Tiene cierta gracia que André (Andor, en realidad, pues se cambió el nombre al llegar a Paris) ya se enfrentara en 1912 a los problemas (económicos y de conciencia) que nos hemos encontrado muchos de nosotros a la hora de dedicarnos a la fotografía.

Quizá es la Primera Guerra Mundial, en la que se alista como voluntario, la que le da la oportunidad de salir de su entorno y comenzar a fotografiar con un estilo ya muy personal.

Underwater Swimmer,Estergrom (Hungría 1917)

Pero a la vuelta a casa, tras recuperarse de una herida grave en un brazo, debe reincorporarse a su antigua vida para poder subsistir. Decide entonces que se marchará a Francia, aunque pospone este viaje hasta 1925, debido a la abierta oposición de su madre. Cuando por fin se marcha, deja también atrás a su novia, Elizabeth, con la que se reencontrará más tarde.

Autorretrato con Elizabeth Salomon, Hungría 1921.

Su vida en París significa un revolución para él, se integra perfectamente en el ambiente bohemio parisino, entrando de lleno en la corriente, en ese momento emergente, del dadaísmo, cuya premisas se basan en romper con el arte burgués establecido. Precisamente, él busca nuevas formas de expresión dentro de la fotografía, le gusta experimentar con composiciones y formas y en París se encuentra en el ambiente adecuado donde encaja a la perfección con sus propuestas tan fuera de lo común.

Satiric Dancer, Paris, 1926.

The fork, 1928.

Autoretrato, Paris, 1927.

Allí se relaciona con otros artistas como Man Ray o Brassaï, en el que influye notablemente.

En 1931, Elizabeth se muda a París y la pareja se casa en 1933, ya no volverían a separarse más. Es muy curioso, porque André había estado casado brevemente con una fotógrafa francesa, Rosza Klein, pero nunca mencionó este detalle en vida de Elizabeth, para no decepcionarla. Con su segundo matrimonio, Kertész empieza a pasar menos tiempo con sus amigos en los cafés parisinos para llevar una vida más familiar al lado de su esposa.

Elisabeth y yo, Paris, 1931.

En 1933 realiza su conocido trabajo “Distortion”, encargo de la revista Le Sourire sobre el cuerpo femenino, consistente en imágenes deformadas conseguidas a través del uso de dos espejos de circo. Esta obra significa un paso fundamental para su carrera y una innovación importante para el mundo de la fotografía. En esta época colabora con diferentes revistas europeas y supone, probablemente, el momento más dulce de su vida, en el que siente que su trabajo es más reconocido y, sobre todo, comprendido.

Distortion

Distortion 39

Distortion 34

Lamentablemente, la sombra de la II Guerra Mundial provocó que las revistas estuvieran más interesadas en reportajes políticos y dejaran de lado los de corte más artístico. Esto dejó sin trabajo a André, que decidió marcharse a los Estados Unidos en 1936 para colaborar con la agencia Keystone, alejarse de la guerra y, también, con la idea de convertirse en un fotógrafo famoso en USA.

New York

Pero Estados Unidos no era, ni nunca fue, lo que André Kertész esperaba. Allí no encontró el ambiente cálido de París, lleno de amigos con los que el idioma nunca fue un problema, a pesar de que nunca llegara a dominar el francés. Sentía a Nueva York como una ciudad hostil, en la que era mal considerado (llegaron incluso a declararle “enemigo extranjero”) por provenir de un país que, en ese momento, era enemigo de Estados Unidos. Además, su dificultad para aprender el inglés, empeoraba la situación.

Fueron años difíciles y amargos para él, en los que sus trabajos fotográficos quedan muy limitados. En 1944, por fin, consigue la ciudadanía americana.

Colabora con importantes revistas como Life, House & Garden, Coronet y Vogue, aunque se siente ignorado e incluso, en algunas ocasiones, insultado por estos medios.

A partir de los años 50, su carrera toma un nuevo impulso, tras arrancar en 1946 gracias a una exposición individual en el Art Institute de Chicago, compuesta principalmente por imágenes de sus días en París. En 1964 expone en el Museo de Arte Moderno y es aclamado por la crítica, lo que por fin le convierte en una figura importante en los círculos fotográficos. En esta época cuidó su presencia en exhibiciones por otros países, su fama traspasó fronteras y es la etapa conocida como periodo internacional.

En 1952 se fue a vivir junto al Washington Square Park y, desde su ventana, con un teleobjetivo, captó algunas de sus mejores imágenes desde que llegara a NY. En ellas mostraba escenas nevadas del parque con composiciones muy atractivas.

Washington square with arch

A partir de este momento y hasta el final de sus días, recibe innumerables premios y reconocimientos tanto en USA como a nivel internacional.

Su mujer muere en 1977 y eso le hunde en una profunda depresión que le hace recluirse en su casa y fotografiar los objetos que había compartido con su esposa. En 1979, Polaroid le regala una cámara y con ella experimenta durante sus últimos años de vida. Personalmente, encuentro muy interesantes estos trabajos, que demuestran que la edad (tenía casi 90 años) no tiene porqué limitar la capacidad artística.

Polaroid, agosto 1979.

André murió tranquilo, en su casa, en 1985. Fue incinerado y enterrado junto a su esposa.

A pesar de todo, siempre tuvo la sensación de que su trabajo no fue lo suficientemente valorado, murió con esa idea en su cabeza. Sin embargo, fueron muchos los reconocimientos que obtuvo en vida, aunque él considerara que merecía también otros que no le habían sido otorgados.

Esa sensación amarga persigue a muchos artistas y es una verdadera pena. Me refiero a que la obra debería ser lo más importante para un creador, estar a gusto con lo que hace, ser honesto. La obsesión por la fama y el reconocimiento es muy peligrosa, puede terminar minando la naturaleza creativa del artista y dirigirle hacia productos superficiales que le permitan obtener un éxito más inmediato. No es este el caso de André, que buscó nuevas imágenes hasta el final, impregnadas con su sello personal. Aunque… ¿es posible que nos hayamos perdido alguna obra maestra que podría haber realizado en su primera etapa en NY? No olvidemos que en esta época, la más amarga, fue la menos prolífica en cuanto a obra personal y que su éxito americano le llegó gracias a fotografías que habían sido tomadas, en su mayoría, en Paris. Hasta que no se sintió un poco más respetado, no retomó la producción de obras creativas de gran valor, impregnadas de ese toque intimista y nostálgico que caracterizaba su trabajo americano.

Es sólo una reflexión mía sobre un tema que resulta, en ocasiones, algo espinoso. A veces la carrera de un artista no arranca hasta su muerte (o incluso ni siquiera entonces) y esto es algo que da para pensar, pues los motivos pueden ser muy variados y, en muchas ocasiones, no tener nada que ver con la calidad artística de la obra. Resulta triste cuando oímos hablar de autores “malditos” que, por distintos motivos, en vida nunca recibieron el reconocimiento merecido. Pero más triste aún son todas aquellas obras que nos hemos perdido porque sus autores, buscando el éxito o bloqueados por la situación, terminaron enterrando su talento y su capacidad de invención.

La obra de André Kertész es, sin duda, singular y referente indispensable para cualquier fotógrafo. No quiero dejar de expresar mi admiración por su trabajo y su carácter innovador, por su búsqueda de un lenguaje propio y distinto a los utilizados hasta entonces.

Esta exposición es una oportunidad única de disfrutar de su legado. Los que tengáis ocasión, no dejéis de visitarla, estará en Madrid hasta el 10 de abril.

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