Lartigue y la alegría de vivir

4 marzo, 2011 § 2 comentarios

Hoy se inaugura una exposición de obligada visita en CaixaForum Madrid (Paseo del Prado, 3), una gran muestra monográfica del fotógrafo francés Jacques Henri Lartigue, figura importantísima en la historia de la fotografía. “Un mundo flotante. Fotografías de Jacques Henri Lartigue (1894-1986)”, reúne 230 imágenes tomadas a lo largo de toda su vida y estará expuesta hasta el 19 de junio, por lo que no hay excusa posible para no visitarla.

Si el otro día hablábamos de André Kertész y sus pensamientos atormentados, en cierto modo, Lartigue es la otra cara de la moneda. Además de coetáneos,  ambos fueron creativos, innovadores y buscaron expresarse mediante un lenguaje muy particular, pero Lartigue lo hizo de una manera relajada, divertida, mostrando imágenes agradables que retrataban una vida placentera y feliz.

My hydroglider with Propeller, 1904.

Jacques-Henri Lartigue nació el 13 de junio de 1894 en Courbevoie ( Francia ), en el seno de una familia adinerada. Su padre, un importante hombre de negocios, le regaló una cámara fotográfica de placas cuando cumplió 7 años. Quizá porque era un niño enfermizo quiso atrapar toda la vida y la alegría que le rodeaba, así que comenzó un diario con textos y fotografías que le acompañaría durante toda su vida, convirtiéndose en un documento de inestimable valor al retratar un estilo de vida y su evolución a través del tiempo.

Mi prima Bichonnade, 40-rue-Cortambert-Paris, 1905

Lartigue fotografiaba todo lo que sucedía a su alrededor, primero los juegos de sus hermanos y amigos y, al ir creciendo, carreras de automóviles, aviones y también mujeres bellas y activas, un tema recurrente en sus imágenes.

La salida en el circuito de Picardía, 1907

El primer vuelo logrado por mi hermano Zissou, 1910

De paseo por el Bois de Boulogne, París, 1911

Es curioso que ni una guerra mundial, ni la ocupación de Francia por los nazis influenciara las imágenes felices de un autor entregado a la difícil tarea de disfrutar de la vida. Para algunos puede resultar un poco frívola esa actitud de mantenerse al margen de unos sucesos de tal relevancia, viviendo en una especie de burbuja ajena a los desastres mundiales. Pero Lartigue sólo deseaba fotografiar lo que le hacía feliz , aquello que quería mantener en el recuerdo.

La mirada de Lartigue no sólo busca la belleza, también la sorpresa, a veces lograda a través de encuadres arriesgados, diferentes, otras, a través del movimiento. Personas, animales o elementos en el aire son temas que se repiten a través de su obra. Son imágenes frescas, vivas, que capturan instantes irrepetibles, pero siempre desde un punto de vista alegre y positivo.

Mi prima Simone y Charles Sabouret en la pista de patinaje, Saint-Moritz, 1913

Bibi sombra y reflejo. Hendaya, 1927.

Gerard Willemetz y Dany Royan, julio de 1926

A Lartigue le llegó la fama en 1963, cuando ya tenía 69 años y el MOMA presentó su primera exposición antológica. A diferencia de André Kertész, esto poco le importó. En realidad, él se sentía pintor, y nunca se consideró más que un fotógrafo aficionado.

Richard Avedon en su estudio de Nueva York, 1972.

Fallece en 1986, a los 92 años, después de tres matrimonios y una intensa vida, pero con la sensación de que todo había pasado demasiado deprisa. Él decía que «Ser fotógrafo es atrapar el propio asombro», por eso buscaba inmortalizar aquello que le conmovía, lo que le resultaba hermoso y le hacía feliz, hacerlo perdurar para tratar de detener el paso del tiempo, quizá la única cosa que preocupó de verdad a Lartigue durante su vida.

Había donado toda su obra fotográfica al Estado francés en 1979, gracias a ello ahora podemos disfrutar de esta exposición tan completa.

Bibi, Arlette e Irene, tormenta en Cannes, 1929.

A veces me pregunto cómo sería nuestra vida si sólo nos tuviéramos que preocupar de hacer los que nos apetece, si no tuviéramos la obligación de generar una serie de ingresos para cubrir nuestros gastos cada mes. Me considero una privilegiada por poder trabajar en aquello que me apasiona, así que de verdad que no me estoy quejando, pero es cierto que hay una parte del trabajo de un fotógrafo que no es tan divertida o interesante como pueda parecer, pero sí resulta absolutamente necesaria para poder vivir de ello. Fantaseando con la idea de que me tocara la primitiva, por ejemplo, de forma que no tuviera que dedicar tiempo ni energías a tareas productivas, tengo la sensación de que sería un poco como Jacques Henri Lartigue:  haría fotos constantemente y sólo para disfrutar. ¡Que no me estoy comparando con el gran Lartigue, Dios me libre!.

Siguiendo con la broma, creo que mis imágenes no serían tan felices, mi visión del mundo es muy diferente, pero podría producir en meses proyectos que, por necesidades del guión de mi vida, ahora llevo a cabo en años. Quizá al final lo que sucede es que comparto con Lartigue ese vértigo por la manera tan fugaz en la que el tiempo pasa, siempre con la sensación de que la vida se escapa demasiado deprisa y de que no seremos capaces de dejar nuestro tintero vacío, sino que siempre quedará algún sueño por cumplir atrapado en él.

André Kertész en la Fundación Carlos de Amberes

19 febrero, 2011 § 1 comentario

Hace unos días se inauguró una interesantísima exposición de André Kertész (Budapest, 1894 – Nueva York, 1985), referente universal de la fotografía, en la Fundación Carlos de Amberes (Claudio Coello, 99. Madrid), con motivo de la Presidencia Húngara en la Unión Europea. La colección reúne 100 obras del artista que se reparten entre sus cuatro escenarios principales: su vida en Hungría hasta los 31 años, su etapa en Francia, la época en Estados Unidos y la fase internacional, en la que viajó por diferentes países.

Su obra es tan interesante que de ella han bebido innumerables artistas, como Cartier-Bresson, y su influencia es aún hoy muy visible en la obra de muchos creadores.

La vida de Kertész parece de novela. Sus primeros años, en Hungría, están marcados por su lucha entre lo que debía (trabajar en la bolsa) y quería  ser (fotógrafo). De familia judía y huérfano a una edad temprana, es su hermano mayor el que le costea los estudios de comercio, una profesión que no le gustaba y de la que trataba de huir, aunque le resultó complicado pues la fotografía aún no le daba para comer. Tiene cierta gracia que André (Andor, en realidad, pues se cambió el nombre al llegar a Paris) ya se enfrentara en 1912 a los problemas (económicos y de conciencia) que nos hemos encontrado muchos de nosotros a la hora de dedicarnos a la fotografía.

Quizá es la Primera Guerra Mundial, en la que se alista como voluntario, la que le da la oportunidad de salir de su entorno y comenzar a fotografiar con un estilo ya muy personal.

Underwater Swimmer,Estergrom (Hungría 1917)

Pero a la vuelta a casa, tras recuperarse de una herida grave en un brazo, debe reincorporarse a su antigua vida para poder subsistir. Decide entonces que se marchará a Francia, aunque pospone este viaje hasta 1925, debido a la abierta oposición de su madre. Cuando por fin se marcha, deja también atrás a su novia, Elizabeth, con la que se reencontrará más tarde.

Autorretrato con Elizabeth Salomon, Hungría 1921.

Su vida en París significa un revolución para él, se integra perfectamente en el ambiente bohemio parisino, entrando de lleno en la corriente, en ese momento emergente, del dadaísmo, cuya premisas se basan en romper con el arte burgués establecido. Precisamente, él busca nuevas formas de expresión dentro de la fotografía, le gusta experimentar con composiciones y formas y en París se encuentra en el ambiente adecuado donde encaja a la perfección con sus propuestas tan fuera de lo común.

Satiric Dancer, Paris, 1926.

The fork, 1928.

Autoretrato, Paris, 1927.

Allí se relaciona con otros artistas como Man Ray o Brassaï, en el que influye notablemente.

En 1931, Elizabeth se muda a París y la pareja se casa en 1933, ya no volverían a separarse más. Es muy curioso, porque André había estado casado brevemente con una fotógrafa francesa, Rosza Klein, pero nunca mencionó este detalle en vida de Elizabeth, para no decepcionarla. Con su segundo matrimonio, Kertész empieza a pasar menos tiempo con sus amigos en los cafés parisinos para llevar una vida más familiar al lado de su esposa.

Elisabeth y yo, Paris, 1931.

En 1933 realiza su conocido trabajo “Distortion”, encargo de la revista Le Sourire sobre el cuerpo femenino, consistente en imágenes deformadas conseguidas a través del uso de dos espejos de circo. Esta obra significa un paso fundamental para su carrera y una innovación importante para el mundo de la fotografía. En esta época colabora con diferentes revistas europeas y supone, probablemente, el momento más dulce de su vida, en el que siente que su trabajo es más reconocido y, sobre todo, comprendido.

Distortion

Distortion 39

Distortion 34

Lamentablemente, la sombra de la II Guerra Mundial provocó que las revistas estuvieran más interesadas en reportajes políticos y dejaran de lado los de corte más artístico. Esto dejó sin trabajo a André, que decidió marcharse a los Estados Unidos en 1936 para colaborar con la agencia Keystone, alejarse de la guerra y, también, con la idea de convertirse en un fotógrafo famoso en USA.

New York

Pero Estados Unidos no era, ni nunca fue, lo que André Kertész esperaba. Allí no encontró el ambiente cálido de París, lleno de amigos con los que el idioma nunca fue un problema, a pesar de que nunca llegara a dominar el francés. Sentía a Nueva York como una ciudad hostil, en la que era mal considerado (llegaron incluso a declararle “enemigo extranjero”) por provenir de un país que, en ese momento, era enemigo de Estados Unidos. Además, su dificultad para aprender el inglés, empeoraba la situación.

Fueron años difíciles y amargos para él, en los que sus trabajos fotográficos quedan muy limitados. En 1944, por fin, consigue la ciudadanía americana.

Colabora con importantes revistas como Life, House & Garden, Coronet y Vogue, aunque se siente ignorado e incluso, en algunas ocasiones, insultado por estos medios.

A partir de los años 50, su carrera toma un nuevo impulso, tras arrancar en 1946 gracias a una exposición individual en el Art Institute de Chicago, compuesta principalmente por imágenes de sus días en París. En 1964 expone en el Museo de Arte Moderno y es aclamado por la crítica, lo que por fin le convierte en una figura importante en los círculos fotográficos. En esta época cuidó su presencia en exhibiciones por otros países, su fama traspasó fronteras y es la etapa conocida como periodo internacional.

En 1952 se fue a vivir junto al Washington Square Park y, desde su ventana, con un teleobjetivo, captó algunas de sus mejores imágenes desde que llegara a NY. En ellas mostraba escenas nevadas del parque con composiciones muy atractivas.

Washington square with arch

A partir de este momento y hasta el final de sus días, recibe innumerables premios y reconocimientos tanto en USA como a nivel internacional.

Su mujer muere en 1977 y eso le hunde en una profunda depresión que le hace recluirse en su casa y fotografiar los objetos que había compartido con su esposa. En 1979, Polaroid le regala una cámara y con ella experimenta durante sus últimos años de vida. Personalmente, encuentro muy interesantes estos trabajos, que demuestran que la edad (tenía casi 90 años) no tiene porqué limitar la capacidad artística.

Polaroid, agosto 1979.

André murió tranquilo, en su casa, en 1985. Fue incinerado y enterrado junto a su esposa.

A pesar de todo, siempre tuvo la sensación de que su trabajo no fue lo suficientemente valorado, murió con esa idea en su cabeza. Sin embargo, fueron muchos los reconocimientos que obtuvo en vida, aunque él considerara que merecía también otros que no le habían sido otorgados.

Esa sensación amarga persigue a muchos artistas y es una verdadera pena. Me refiero a que la obra debería ser lo más importante para un creador, estar a gusto con lo que hace, ser honesto. La obsesión por la fama y el reconocimiento es muy peligrosa, puede terminar minando la naturaleza creativa del artista y dirigirle hacia productos superficiales que le permitan obtener un éxito más inmediato. No es este el caso de André, que buscó nuevas imágenes hasta el final, impregnadas con su sello personal. Aunque… ¿es posible que nos hayamos perdido alguna obra maestra que podría haber realizado en su primera etapa en NY? No olvidemos que en esta época, la más amarga, fue la menos prolífica en cuanto a obra personal y que su éxito americano le llegó gracias a fotografías que habían sido tomadas, en su mayoría, en Paris. Hasta que no se sintió un poco más respetado, no retomó la producción de obras creativas de gran valor, impregnadas de ese toque intimista y nostálgico que caracterizaba su trabajo americano.

Es sólo una reflexión mía sobre un tema que resulta, en ocasiones, algo espinoso. A veces la carrera de un artista no arranca hasta su muerte (o incluso ni siquiera entonces) y esto es algo que da para pensar, pues los motivos pueden ser muy variados y, en muchas ocasiones, no tener nada que ver con la calidad artística de la obra. Resulta triste cuando oímos hablar de autores “malditos” que, por distintos motivos, en vida nunca recibieron el reconocimiento merecido. Pero más triste aún son todas aquellas obras que nos hemos perdido porque sus autores, buscando el éxito o bloqueados por la situación, terminaron enterrando su talento y su capacidad de invención.

La obra de André Kertész es, sin duda, singular y referente indispensable para cualquier fotógrafo. No quiero dejar de expresar mi admiración por su trabajo y su carácter innovador, por su búsqueda de un lenguaje propio y distinto a los utilizados hasta entonces.

Esta exposición es una oportunidad única de disfrutar de su legado. Los que tengáis ocasión, no dejéis de visitarla, estará en Madrid hasta el 10 de abril.

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